La democracia sentimental

Las emociones juegan, indiscutiblemente, un papel relevante en la vida política. Es algo inevitable, pero en ocasiones también peligroso: cuando invita al proteccionismo, al narcisismo, incluso al odio.

Una compañía de fantasmas recorre el continente europeo. Son fantasmas en sentido estricto, viejos conocidos que se nos aparecen: el nacionalismo, la xenofobia, el populismo. Suiza vota limitar la inmigración, los partidos antieuropeos suben, Cataluña no se siente querida. Fenómenos que apuntan, todos ellos, en la misma dirección: hacia un movimiento de introversión agresiva dominado por las emociones antes que por la razón, o al menos guiado por razones que parecen bien poco razonables. Pero incluso las reivindicaciones más extravertidas, del 15M a Beppo Grillo, parecen inclinarse hacia un sutil irracionalismo, cuyo rasgo más característico sería la búsqueda de un chivo expiatorio: los banqueros, los políticos, los ricos. Y el resultado es un paisaje en llamas, una amalgama de pasiones e hipérboles que se parece bien poco a la esfera pública sosegada que soñaron los ilustrados como fundamento para nuestras democracias representativas.

Photo: Ollyy. Source:Shutterstock

Si entramos en el terreno movedizo de las explicaciones,
la tentación es clara: echarle la culpa a la crisis. No en
vano, esta parece servir para dar cuenta de todo aquello que ha sucedido desde su comienzo. Pero quizá las cosas no sean tan sencillas. Sin duda, el deterioro socioeconómico
es un factor relevante para explicar el ascenso de los
populismos en los países y segmentos sociales que en mayor
medida lo vienen padeciendo. Ahora bien, este argumento
no parece aplicarse fácilmente a sociedades prósperas
como Suiza, Holanda y, en menor medida, Escocia; además,
tiene el inconveniente de dejar a un lado asuntos tan
decisivos como la disrupción tecnológica y su efecto sobre
el empleo. Pero es que, aun si decidimos que la crisis nos
permite dar cuenta de este conjunto de patologías, la
reacción ante la crisis seguirá demandando algún tipo de
explicación. Y es aquí donde resulta interesante mirar
debajo de la alfombra.

Porque, ¿y si hubiera algo más? ¿Y si el problema
residiera en el desajuste entre los presupuestos ideales
de la organización política y su realidad práctica?
Más aún, ¿y si las democracias liberales estuviesen en desventaja
frente a las fuerzas que las socavan debido a
su menor atractivo propagandístico? ¿No puede
ser que el liberalismo sea demasiado frío, demasiado
cool, para la articulación contemporánea de
las pasiones políticas? ¿Acaso no hay un conflicto
perpetuo, subyacente pero hoy bien visible, entre
la sentimentalización de la democracia y sus límpidas
raíces filosóficas? He aquí un hilo del que
merece la pena tirar.

Es sabido que vivimos en democracias representativas
que combinan la organización política
liberal con los principios bienestaristas socialdemócratas,
quedando la producción de riqueza
encomendada a la economía social de mercado
y la vertebración identitaria en manos de la vieja
idea de nación. Resulta de aquí un inestable equilibrio
entre la primacía de la libertad individual
y las exigencias colectivas, que produce
inevitablemente un conflicto llamado a ser
resuelto a través del debate público y las
elecciones representativas. Todo lo cual
presupone un cierto tipo de sujeto, un ciudadano
que trata de satisfacer sus intereses
privados tratando de realizar su plan de
vida y maximizando sus preferencias en el mercado, mientras
simultáneamente atiende a los intereses generales ejerciendo
responsablemente sus deberes cívicos: informarse,
reflexionar, expresarse políticamente. Se trata, esencialmente,
de un sujeto autónomo que atiende a razones. ¡No es
poca cosa, para una especie que viene de un charco!

Pero este presupuesto filosófico, de raigambre kantiana
y continuidad rawlsiana, tiene un problema: parece guardar
poca correspondencia con la realidad. Aunque la historia
nos había dejado ya amplísimas pruebas de la peligrosidad
de los seres humanos para con su prójimo, teníamos razones
para pensar que la mejora de las condiciones atmosféricas
– materiales, institucionales, culturales – en que aquellos
se desenvuelven facilitaría paulatinamente el cumplimiento
de esas altas aspiraciones. Y las seguimos teniendo, pero
no sin la sospecha de que el sujeto autónomo del liberalismo
es mucho menos autónomo de lo que sería deseable.

Basta recordar la primera campaña electoral de Obama,
obra maestra del sentimentalismo político, para comprender
la profunda importancia de las emociones en este terreno.
Más reciente, según relataba The Economist hace unas
semanas, es el giro hacia una argumentación emocional
que está permitiendo a los activistas norteamericanos que
defienden el matrimonio homosexual empezar a ganar la
batalla de la opinión pública. En lugar de subrayar los derechos
de los gays, empezaron a retratarlos como lo que son:
ciudadanos como los demás a los que sería injustificado privar
de la posibilidad de vivir como los demás. Y ese mismo
enfoque empieza a usarse con los inmigrantes ilegales, a
quienes se presenta como desventajados aspirantes a participar
del sueño americano y no malintencionados infractores
de la legalidad.

Así pues, si la emoción da forma a las razones – porque las
emociones son también, a su manera y para quien las experimenta,
razones –, se trata de influir en aquellas para cambiar
estas. En todos estos casos, parecen aplicarse las recomendaciones
de Martha Nussbaum, cuyo último libro, Political
Emotions
, constituye una defensa de la importancia que los
sentimientos pueden tener para la consecución de la justicia.
Para la prominente filósofa norteamericana, el recelo liberal
ante las emociones es un error, porque supone ceder el terreno
de su conformación al populismo, dando a entender al
público que los valores liberal-democráticos son tibios y aburridos.
A su juicio, en fin, el cultivo político de las emociones
es necesario para lograr la adhesión ciudadana a aquellos
proyectos que lo merecen. Se deduce de aquí que la frialdad
del liberalismo terminaría siendo perjudicial para su propia
realización práctica. Y es que nadie quiere a un empollón.

Sin embargo, no todas las emociones políticas son tan
beneficiosas. Ahí están el temor injustificado de los suizos
al daño económico provocado por la inmigración, la
errónea intuición popular según la cual el proteccionismo
económico es beneficioso para la economía nacional,
la necesidad de cariño como fundamento del separatismo
catalán. Por otra parte, no ha habido genocidio ni limpieza
étnica que no se fundara en una emoción, en este caso el
odio. Peter Sloterdijk ha documentado convincentemente
el papel del resentimiento como fuerza política. En todos
estos casos, la emoción no emerge aisladamente, ni se dirige caprichosamente contra el judío o el burgués. Más bien, es el producto de un trabajo cultural, el fruto de unos marcos
sociales de percepción que activan esas emociones y hacen
con ello posible su traducción política. Ni que decir tiene
que esas emociones –tanto las negativas como las positivas–
se apoyan sobre un relato, es decir, sobre una justificación
con apariencia de racionalidad que le sirve de coartada.
Nadie dice que hace algo sin razones para ello. La característica
de esta clase de emoción sería entonces su impermeabilidad
a la argumentación racional.

Si cambiamos el punto de vista, tendríamos que hablar
de los sesgos emocionales de la racionalidad. Esta padece
también, por supuesto, sesgos cognitivos de distinta índole:
no solamente se equivoca la emoción. Y este conjunto de
limitaciones a la racionalidad, que también puede contemplarse
à là Kahnemann como la alternancia de los sistemas
intuitivos y reflexivos de decisión, son las que están explotando
las ciencias sociales y humanas en las últimas décadas.
Psicología, economía, antropología: todas estas disciplinas
están encargándose de desmantelar el supuesto de la libre
elección racional, para reemplazarla por un relato más realista
de nuestras propensiones. Averiguamos así cómo se compra,
cómo se vota, cómo se habla en realidad; averiguamos, en
definitiva, cómo se vive. Y descubrimos que el control que
ejercemos sobre nuestras decisiones deja mucho que desear.

Si bien se mira, los problemas que plantea el dibujo liberal
del sujeto tienen que ver con un insuficiente reconocimiento
de su naturaleza social. Esto es algo que puso en su
momento de manifiesto la crítica feminista, en un empeño
profundizado después por el comunitarismo. Ambas
corrientes de pensamiento discuten la premisa epistemológica
liberal según la cual el individuo es anterior a la sociedad,
para sostener exactamente lo contrario: que estamos
determinados socialmente. Las fuentes del yo, por usar el
título de la gran obra de Charles Taylor, están en su comunidad
y en sus correspondientes procesos de socialización, a
través de los cuales nos formamos como individuos: la suma
de influencias que nos constituyen. De ahí que nuestro ser
no pueda entenderse sin prestar atención a las emociones
que nos vinculan a esa comunidad y a sus valores. Somos
animales sociales, no átomos racionales.

Tendríamos aquí entonces una explicación paralela,
incluso previa, para la sentimentalización de la democracia
representativa y el conjunto de fenómenos asociados a
ella. En ese sentido, la respuesta a la crisis estaría modelada
por las emociones y los sesgos cognitivos, muchos de los
cuales explicarían también, de hecho, algunas de sus causas:
el endeudamiento irracional, la obsesión cultural por la
propiedad en detrimento del alquiler, la minusvaloración
colectiva de la burbuja financiera. De manera condigna, los
remedios preferidos ante la crisis reproducen estas desviaciones.
Se prefieren las narrativas calientes, las simplificaciones
explicativas, la causalidad antes que la correlación.

Podemos concluir entonces que el liberalismo se encuentra
en desventaja con otras ideologías políticas que, con
menos escrúpulos, explotan las emociones políticas de
los ciudadanos. De ahí que Nussbaum apele a una especie
de liberalismo emocional, capaz de superar su frigidez
original y de ofrecerse a los ciudadanos como una forma
pasional de hacer política, como remedio ante sus enemigos.
Pasaríamos así del kantiano atrévete a saber a un posmoderno
atrévete a sentir.

Sucede que tal vez haya aquí un malentendido. Es posible
que, al no comprender bien la función del sujeto ideal
del liberalismo, estemos siendo injustos con este. ¿Acaso
desconocían los filósofos ilustrados las pasiones humanas y
la formidable influencia de la comunidad sobre el individuo?
No parece probable. Por eso, no hay que contemplar
el sujeto autónomo y racional como una realidad sociológica,
sino como un ideal regulativo con fines civilizatorios.
Dicho de otra manera, es el sujeto que debemos esforzarnos
en ser, aun a sabiendas de que no lo lograremos. El sujeto
autónomo es un como si: se nos llama a actuar como si fuéramos
autónomos y racionales, porque propenderemos así a
la autonomía y la racionalidad en lugar de a sus contrarios.

No olvidemos que el origen histórico del liberalismo
es la crítica del absolutismo clásico. Se trataba, entonces,
de socavar el poder de los reyes y de crear espacios para
el libre desenvolvimiento de los individuos. Para fomentar
la autonomía de estos frente a la autoridad estatal, se
crean mecanismos de control del poder y se fomenta un
libre intercambio económico llamado a proporcionar
independencia material a los individuos, que de ese modo
podían pasar de súbditos a ciudadanos. Tal como subrayaba
Montesquieu, por ejemplo, el comercio poseía virtudes
civilizatorias, porque neutralizaba las diferencias religiosas
o morales al hacer primar el deseo de cada parte de obtener
el mejor trato posible: los intereses, en fin, como preludio
de los afectos. Por eso la preocupación liberal por la
democracia llega después, como la consecuencia natural de
la limitación del absolutismo, pero no estaba ahí desde el
principio.

En este contexto, el pesimismo hobbesiano que ve a los
seres humanos como seres peligrosos solo contenidos por
la constricción estatal va dejando paso a un programa de
domesticación a través del derecho, la cultura y la propiedad
privada. Eso es la ilustración, eso era ya el humanismo. Esto
significa que, cuando los pensadores que conceptualizan al
sujeto liberal miran en derredor, no lo encuentran: la alfabetización
obligatoria queda todavía muy lejos. Y es precisamente
para producirlo que decretan su existencia, como una
prescripción que obedecer, una dirección en la que avanzar.

Sostener entonces que el liberalismo no presta suficiente
atención a las emociones o la comunidad es errar el
tiro. Alan Ryan lo ha señalado en relación a la segunda: a
los liberales les impresiona tanto el modo en que la sociedad
da forma e influye sobre las vidas de sus miembros, que
tratan de asegurarse de que no las distorsiona y aplasta. Y
lo mismo puede decirse de las emociones. Dado que no es
posible evitar que jueguen un papel de peso en los procesos
políticos democráticos, ya sea incidiendo sobre la formación
de las preferencias individuales o contaminando la
atmósfera colectiva, tratemos de encauzar su influencia estableciendo
unas reglas del juego asentadas sobre principios
racionales: argumentación, hechos, diálogo. Naturalmente,
somos demasiado humanos para estar a la altura de este
ideal, pero seríamos mucho menos que humanos si dejáramos
de mirarnos en él.

Published 25 June 2014
Original in Spanish
First published by Letras Libres 6/2014

Contributed by Letras Libres © Manuel Arias Maldonado / Letras Libres / Eurozine

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