Historia de un suicida fracasado

NN ha viajado a la selva del Perú para escribir un reportaje sobre narcotráfico y subversión, pero tiene problemas para ir al baño. Es una oclusión intestinal. Debe regresar a Lima donde un médico amigo le diagnostica un fibroma, pero también le aconseja darse una vuelta por el Hospital de Neoplásicas. Es un sábado, el lunes que viene será el Día de San Pedro y San Pablo, y no le queda más que esperar hasta el martes. Va a cumplir treinta años, esa edad en que los hombres voltean a verse. Sabe que tres de sus cuatro abuelos han muerto de cáncer, que su padre tiene cáncer a los ganglios, y sospecha que lo del fibroma ha sido una manera elegante de decirle que lleva un tumor en alguna parte. Había visto morir a su abuela materna diecisiete días después de que ingresara a la clínica, a su abuelo materno tres meses después de que le descubrieran la enfermedad, y a su abuelo paterno seis meses después de resignarse a esas uñas amoratadas, al color verde palta en la piel y a los desmanes de la quimioterapia. La muerte era como de la familia.

NN ha pedido al médico de Neoplásicas que no juegue a las escondidas y que le diga toda la verdad. Así que le da las noticias sin anestesia: tiene 97 por ciento de posibilidades de que le cierren el recto, 90 por ciento de perder el órgano reproductor y 80 por ciento de quedarse sin uretra. Usted tiene cáncer y debe operarse de inmediato. NN abandona el hospital como quien parte al cementerio y recién entiende por qué gran parte del trabajo de los médicos consiste en el secreto de callarse. Camina sonámbulo hasta la casa de una vieja amiga, pero se da cuenta de que la noticia la empuja a la mudez. ¿Qué consuelo puedes darle a un hombre que va a perder el pene y el recto? Sólo queda probarlo todo: unas amigas lo llevan a ciegas donde una vidente. Después donde un sacerdote que predica en una iglesia parecida a un set de cine. Viajan a la selva para traerle una caja de uña de gato escogida por un equipo de científicos suizos. Los padres de NN están en juicio de división de bienes, pero no están interesados en venderlos para pagar la operación. Usted tiene cáncer y debe operarse de inmediato. Usted tiene seis meses de vida.

Crueles designios del destino

NN detesta molestar pero una discusión familiar sobre el costo de la operación ha llegado hasta el patio de su casa. Su madre va a viajar a los Estados Unidos porque ha aceptado irse a vivir con su pareja. Contigo todo es problema, le ha increpado. El hijo se había ido de su casa desde los diecisiete años y ha resuelto su vida solo. Detesta molestar. No puede cargar con la culpa de borrar el futuro de su madre y que ella se lo recriminara por el resto de sus días. Detesta molestar. Frente a mamá toma una Colt 7.65, la rastrilla y apunta hacia su sien izquierda sin temblar: lamento que las cosas terminen así, pero creo que es lo mejor, le anuncia NN a su madre. Entre la desesperación y el deseo de no molestar ha decidido meterse un balazo. NN ha vuelto a acariciar el gatillo con su índice izquierdo. Pasa un segundo, tal vez dos o tres. Su hermana acaba de pisar el patio, adivina la posible ruta de la bala y se acerca por la espalda del suicida. Déjenme solo, que esto termina ya, insiste él con un dedo alzado. Una mano femenina le jala bruscamente el brazo y, éste, ante el temor de que se le escapara un disparo, levanta el arma. También la mano materna se une al forcejeo atrapando la muñeca de su hijo como si estuviera a punto de caerse al precipicio. Te queremos, pero no hagas esto, no te rindas, gritan en coro, y dos meses después su madre viaja desde los Estados Unidos para estar con él el día de su operación. De vuelta a casa NN va a reconocerse en el espejo: se ve con un tajo que nace en la boca del estómago y avanza cuarenta centímetros hasta el inicio de su pubis. Se ve con treinta kilos de menos y una bolsa que los médicos llaman con solemnidad estoma, pero que sólo sirve para depositar sus heces. De modo que frente al espejo empieza a revisar su vida: descubre que siempre había hecho lo que quería hacer, y que ya nadie puede quitarle lo bailado.

Todos vuelven, y NN acaba de volver a Lima después de cobrar una promesa. Un amigo le ha pagado un pasaje al Cusco por el mérito de estar vivo, de no haberse rendido a la tentación del suicidio. Ha vuelto para recibir a su pareja que le había pedido una tregua y está en Europa, ha vuelto para trabajar con su socio en una empresa después de haberse quedado sin trabajo. Se muere de ganas de vivir. Como a todos los operados de cáncer le han pedido esperar cinco años para darle el alta. La operación al recto fue hace dos. NN abre ahora la puerta de su departamento y tropieza con una carta. Se entera de que no todos vuelven. Desde Europa su pareja le anuncia que todo ha terminado, que la olvide, que ya no. No entiende o no quiere entender. Tal vez sea mejor volver a leer la carta después de un largo baño. Quizás a ella la paciencia le duró sólo año y medio. Pero él sí la tiene para volver a leer esa carta, para abrir la ducha y darse cuenta de que ya no hay agua, para abrir la puerta y buscar un teléfono público. ¿Ya le mandaste flores a tu socio?, pregunta alguien desde el otro lado de la línea.

No se le había muerto un pariente ni era el cumpleaños de su madre: se ha suicidado esta madrugada, le avisa alguien a quemarropa. NN no cree en tanta fatalidad y disca el teléfono de la pareja de su socio: me dejó. Nos íbamos a casar. Se mató. Esto no se lo acepto ni después de muerto, se queja ella sin dejar de llorar. NN va a colgar luego de enterarse de que el socio se ahorcó con su cable de teléfono. Meses después su madre le va a confesar que su socio había intentado tres veces comunicarse con él antes de suicidarse. Esa misma noche en que NN quería volver a Lima porque se moría de ganas de vivir. Vuelve a sí mismo: no tiene dinero para volar a Bélgica y rescatar a la mujer perdida. Piensa entonces en mandarle un ramo de flores hasta Bruselas, pero el viaje de las rosas cuesta doscientos cincuenta dólares. No puede resucitar a su socio, y recuerda que éste le preguntó alguna vez sobre los que se suicidaban. Que se ha quedado sin la mujer que lo quería, sin el amigo que le daba empleo, sin la certeza de estar vivo al día siguiente. En unos minutos NN se ha quedado sin futuro. Le fallé a ella y le fallé a él. Así que para qué quedarse.

El problema de NN es ahora una paradoja: ¿Cómo matarse después de haber peleado tanto por vivir? ¿Cómo no ser tan indigno ante todos los que apostaron por su vida cuando era un desahuciado? Piensa primero en escribirle a su ex pareja una carta para hacerla sentir que usted es la culpable. Después se arrepiente porque todo el mundo la iba a acusar como una apestada. Entonces NN empieza a ensayar: tirarse por la ventana desde el cuarto piso y estrellarse contra el jardín lo llevaría a la invalidez más que a una muerte segura. Cortarse las venas con la certeza de que nadie llamará a su puerta podría traerle una hemorragia insoportable. Darse un balazo en la sien sería infalible, pero él mismo había vendido la pistola de su primer intento de suicidio.

Entonces ya no ensaya sino que lo hace: abre la puerta, abre la carta y abre la llave de gas. Tiene en la mano un fósforo y sabe que no dolerá. Un minuto después le empiezan a dar náuseas, camina trastabillante desde la cocina hasta el baño y vomita, se pone a llorar y se abraza como un niño al retrete. Si no te matas, eres un cobarde, se miente. ¿Qué piensas de los que se suicidan?, le había preguntado su socio después de la operación. Que son unos cobardes, recuerda NN­. No vale la pena matarse, porque uno se mata siempre demasiado tarde, dice el filósofo Cioran. Entonces NN se sienta en el comedor, toma un lápiz y empieza a escribir una lista de sus virtudes y defectos en una libreta. Las palabras, siempre las palabras. Nadie llama a su puerta pero ya no importa. Todos vuelven, y él acaba de volver a la cocina para cerrar la llave del gas.

Published 1 January 2001
Original in Spanish
First published by Lateral

Contributed by Lateral © Julio Villanueva Chang / Lateral / Eurozine

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