"Este es un buen momento para el ensayo"

Entrevista con Phillip Lopate

Phillip Lopate me invita a pasar a su acogedorbrownstone en Brooklyn, en el tercer piso tienesu estudio y su escritorio está situado frente a laventana. Hace varios años Carmen Boullosa, JuanManuel Prieto y yo tuvimos una conversación conLopate para un blog. En esa ocasión hablamossobre !cción, en particular sobre su novela Elmercader de alfombras. En 2013 Lopate publicódos brillantes libros sobre el ensayo: To Showand To Tell: The Craft of Literary Non!ction yPortrait Inside My Head. Estas obras son un buenpretexto, por si hiciera falta uno, para entrevistarlonuevamente, en esta ocasión sobre el ensayo, elcine y Nueva York. Lopate es un formidable poetay narrador, pero su calidad y, me atrevo a decir,sabiduría como ensayista son inmensas.

Naief Yehya: ¿Qué hace distinto al ensayista de cualquier otro tipo
de escritor?

Phillip Lopate: Me gustaría pensar que el ensayista tiene pensamientos
interesantes y basta con que los desarrolle para que se le
ocurra algo persuasivo o idiosincrásico. El ensayo es una
forma magnífica para un tiempo en que todo es incierto,
cuando todo está cambiando. Montaigne, el primer gran
ensayista, habló de la inconstancia de nuestras acciones y
de cómo el mundo estaba en permanente transformación.
El ensayo, me parece, se vuelve una forma de plantar una
bandera en el caos. Y el ensayista es alguien que no necesita
un juego de instrucciones rígidas, sino alguien que
puede vivir de manera exploratoria. Esa es la gran promesa
del ensayo, y eso también es lo que lo hace tan difícil,
desde el punto de vista artístico, porque una vez que
has partido en el océano del pensamiento, ¿cómo le das
forma estética al texto?

NY: El problema suele ser saber dónde detenerse una vez
que uno comienza a vincular ideas y pensamientos.

PL: Montaigne dijo que todo está conectado y ciertamente la
manera en que él escribía ensayos era un continuo saltar
de tema en tema. Como escribí en “¿El ensayo: argumento
o exploración?” –que forma parte de To Show and To Tell–,
creo que un ensayo necesita tener la libertad para explorar
asuntos sobre los cuales el autor aún no está completamente
convencido. Tiene que tener la libertad de ser abierto, por
lo menos al principio, pero también debe poder “tomar dictado”,
aunque suene extraño. Por otro lado, mientras estás
escribiendo y explorando, quizás comiences a sentir que
hay un argumento debajo de esta navegación libre y debes
llevar ese argumento a la superficie. Un ensayo debe tener
“fuerza”, debe llevar al lector de un lado a otro, no puede
ser simplemente una labor de asociación libre.

NY: ¿Qué piensa de las formas híbridas del ensayo y su
aparente proliferación? ¿Cómo se comporta el ensayo
personal en este tiempo de confusión?

PL: El ensayo tiene elementos que se superponen con la ficción,
porque generalmente hay un personaje fuerte en primera
persona, un yo, una voz dominante. Cuando te vuelves
un personaje ya estás ficcionalizándote a ti mismo, estás
enfatizando ciertos elementos de tu personalidad y relegando
otros al fondo. Esa es una similitud artística, otra es
el hecho de que estás tratando con personajes, algo presente
en la mayoría de las ficciones. Además, el ensayo
tiende a tener un tema, el mero rastreo de los pensamientos
es un tema, es un recorrido narrativo que te lleva del
punto A al punto B. De la manera que sea el ensayista tiene
que ir a algún lado. Por eso son géneros primos y su relación
es amistosa. El problema es cambiar o distorsionar lo
que sabes que es real: si naciste en 1943 y dices que naciste
en 1946 estás jugando con los detalles factuales. El ensayo
tiene mucho espacio para la especulación, que es una
forma de la ficción. Puedes imaginar a tus padres en su
primera cita, sabiendo cómo son quizá puedas intuir que
actuaron de tal o cual manera. De esa forma estás transformando
algo que sería ficción al usar términos especulativos
y al señalar claramente que estás especulando. No finges haber estado ahí ni tampoco saber exactamente qué
fue lo que pasó. Tienes la libertad de fantasear. La fantasía
y la imaginación han sido parte del ensayo desde el principio.
Hay dos maneras en que puedes imaginar, estoy seguro
de que hay muchas otras pero limitémonos a estas dos
por ahora. Una forma es que puedes especular y la otra
es que, aun si quieres escribir exactamente lo que pasó,
debes tener una imaginación de lo real, tienes que extraer
de la masa de material documental un elemento particular.
Para hacer eso debes imaginártelo, debes enfocar, y el
enfoque en sí es una forma de la imaginación. Nadie puede
ser artista sin usar la imaginación y eso incluye al arte literario.
Nunca he creído que quien escribe ensayo personal
es simplemente un periodista que solo quiere informar de
los hechos. Incluso el periodismo debe emplear cierto tipo
de imaginación para detectar cuál es la historia a partir de
una masa de elementos.

Cuando estuve en México tuve una larga conversación
con Luigi Amara. Me dijo entonces que en cierta forma
consideraba el ensayo personal ficción, lo cual era una
manera de separarlo de la no ficción. Sospecho que estaba
tratado de ser amable y quería decir: “todos admiramos el
ensayo, creemos que tiene un estatus más elevado, quizás
hasta lo preferimos a la ficción, y en cierta forma eres en
realidad un autor de ficción”. Le respondí que no coincidía
con esa idea. He escrito novelas y sé cual es la diferencia.
Es cierto, sin embargo, que cuando escribo ensayos personales
empleo ciertas técnicas de la ficción: empleo personajes,
arcos narrativos, un poco de diálogo, quizás hasta
introduzco escenas, pero no estoy inventando nada, sigo
contando las cosas como creo que sucedieron. No veo por
qué deberíamos borrar el género de la no ficción y pretender
que todo es ficción. Ya sabemos que las memorias distorsionan
la historia, que cualquier tipo de relato de los
hechos va a tener algún elemento subjetivo. Eso lo sabemos.
Está bien. No tenemos que repetirlo una y otra vez.
Es como cuando los académicos dicen: “Esto no es realismo,
es una construcción.” Está bien, sabemos que es una
construcción. Aceptamos que hay elementos de construcción
y distorsión. Pero me parece que el escritor de no ficción,
el ensayista personal, siempre trata de acercarse a la
verdad y no solo a la verdad literaria, sino a la verdad literal.
Porque hay algo hermoso en la vida, que parece tener
formas subyacentes, si lo piensas bien. Esto puede parecer
una visión mística pero podríamos confirmarlo si consideramos
ciertas experiencias vividas, como el verano de
tus dieciocho años, y cuanto más lo piensas comienzas
a encontrar una forma innata por debajo de todos estos
recuerdos. ¿Quieres llamarlo ficción de forma innata? Yo
no pienso que necesariamente sea ficción. Hay cada vez
más hibridez en las formas, pero también siguen apareciendo
trabajos que parecen puramente de ficción y otros
netamente de no ficción. Todos estos elementos coexisten.
Buena parte de la ficción tiene elementos autobiográficos,
hasta la ciencia ficción. Te inspiras en tu personalidad y en
lo que observas de otras personas. Siempre habrá ese elemento
documental. Godard dijo alguna vez que todas las
películas de ficción pueden considerarse documentales
de gente actuando.

NY: ¿Cuál sería para usted la principal diferencia entre
el ensayo y el artículo periodístico en profundidad, la
crónica o la memoria?

PL: El ensayo tiene estilo literario y considero que por la
forma en que está escrito es crucial que tenga cierta textura,
cierta complejidad sintáctica. También el ensayo
admite más subjetividad, por lo que te puedes permitir
cosas que en el periodismo no podrías hacer, como
usar la primera persona, reconocer que algo te gusta o no
y otros recursos que normalmente no van muy bien en
el artículo periodístico. Por supuesto que el periodismo
también está mutando, vemos el Nuevo Periodismo y la
inserción del periodista como personaje, pero hay cierto
peso, un valor del ensayo que a menudo tiene que ver
con un estilo brillante y una fuerte personalidad en la
conducción. Más allá de eso, creo que hay tradiciones en
el ensayo personal, temas que siguen apareciendo una y
otra vez como la amistad o la relación con un lugar, que
inevitablemente invocan a los predecesores. Veo el ensayo
personal como una larga conversación a través de los
siglos y me parece que la mayoría de los grandes ensayistas
también lo veía así. No estoy diciendo que yo sea
un gran ensayista. Montaigne citaba a Séneca, Cicerón y
Plutarco, William Hazlitt citaba a Montaigne, Virginia
Woolf citaba a Hazlitt y a Montaigne, Emerson escribió
sobre Montaigne. Existe esa conexión, una fuente de
orgullo y también una forma de decir que lo que estamos
haciendo es peculiar, pero algo que nuestros predecesores
habrían entendido. Situarse en esa tradición es la marca
del ensayista, es el orgullo de formar parte de ese largo
linaje. En el arte la determinación del artista y su ambición
son importantes. Si Duchamp entrega un urinario,
lo firma R. Mutt y dice que es una obra de arte, basta con
eso para que por lo menos esté a la mitad del camino de
ser una obra de arte. Si yo digo que algo es un ensayo, y
por cierto el ensayo no es la forma de expresión de más
éxito comercial, debo ser por lo menos tomado un poco
en serio porque estoy inserto en esta tradición. Hay casos
de periodistas que son muy buenos escritores y llegan a
ser considerados ensayistas a posteriori. Tienes escritores
como Joseph Mitchell o A. J. Liebling, que se dedicaban al
periodismo pero luego fueron considerados ensayistas. A
veces tiene que ver con la calidad de sus obras. Monsiváis,
por ejemplo, era sin duda un ensayista a tiempo completo.
Se ganaba la vida como periodista, pero desarrolló una
voz muy fuerte y sus juegos literarios eran clásicos recursos
ensayísticos. Un ensayista puede enajenar a sus lectores
y luego volver a atraerlos, algo que un periodista
no puede hacer. E. M. Cioran, un ensayista que aprecio
mucho, maltrataba a sus lectores, pero lo amábamos porque
nos decía, nos dice, la amarga verdad sin consentirnos.
Hazlitt era similar: muy agresivo y belicoso. Nunca
podrías hacer eso en el periodismo, no podrías confrontar
tanto a tus lectores. Ese es el atractivo de cierto tipo
de ensayo, esa tensión entre lector y escritor. Un ensayo
puede ser travieso y no necesita ser amigable.

NY: ¿Considera a Cioran un ensayista más que un
filósofo?

PL: Sí. Una de las ramas del ensayo es el ensayo filosófico y en
Europa hay una tradición maravillosa de ensayistas filosóficos
que incluye a Barthes, Simone Weil, Walter Benjamin,
Theodor Adorno, Camus y Sartre de vez en cuando. En el
siglo XX comenzó una desconfianza de los grandes sistemas
filosóficos. Los últimos fueron Hegel y Marx y después
comenzó el colapso. Los filósofos empezaron a admirar y
envidiar las belles-lettres. Lo vemos ya en Nietzsche, un escritor
de pequeños ensayos que evitaba los grandes sistemas.
Nietzsche es el abuelo de Cioran. Pienso que el ensayista
angloamericano es más personal y amistoso y el europeo
más filosófico, aunque tienen mucho en común. Hay ensayos
de Benjamin que son clásicos ensayos personales como
“Desempacando mi biblioteca” o “Hachís en Marsella”.

NY: Volviendo a Amara, él escribió en Letras Libres,
en febrero del 2012, un ensayo sobre el “ensayo
ensayo”, en el cual pedía que el ensayo personal
fuera clasificado entre las obras de ficción. El texto
desató una polémica interesante.

PL: Es un asunto de proporción. Hace algún tiempo, cuando
visité México, tuve la oportunidad de hablar con varios
ensayistas, incluyendo Luigi, como mencioné antes. Me
dio la impresión de que están un poco obsesionados con
un antagonismo hacia el ensayo académico, piensan que
en México la polémica política y el ensayo académico han
secuestrado el ensayo. Para mí esto no es tan importante
porque me gusta una definición amplia del ensayo. Hay
buenos ensayos académicos. Mis alumnos a veces critican
algo diciendo que es académico y sospecho que se refieren
a que es intelectual. Siempre he estado en contra del
antiintelectualismo y del lado del intelectualismo. Esto no
quiere decir que uno no sea accesible, sino que no debemos
poner un techo sobre el pensamiento o un límite a las
ideas. Para dar un ejemplo de un gran ensayista mencionaría
a Loren Eiseley, quien era científico y cuando escribía
ensayos se valía de su tremendo bagaje. No veo nada malo
en que un ensayista sepa sobre algo. Un ensayista no debe
ser un ignorante ni un generalista. Muchos de los grandes
ensayistas se divertían con la noción de la ignorancia
pero no eran ignorantes. Uno puede tener una profesión,
ser médico, físico o hasta político y aun así escribir buenos
ensayos. Pienso que lo que Luigi decía tiene que ver con
una situación específica: que no se respeta lo suficiente al
ensayista clásico.

NY: Luigi también es una parte importante de Tumbona,
la editorial que hace algunos años publicó su libro
Contra la alegría de vivir dentro de una colección
fabulosa.

PL: Sí, tienen una serie de libros escritos “a la contra”. La táctica
del antiensayo o el texto en contra de algo es una de
las tradiciones más divertidas del ensayo personal; tienes a
Sontag en contra de la interpretación, Joyce Carol Oates en
contra de la naturaleza, Laura Kipnis en contra del amor,
Gombrowicz en contra de los poetas y el mío en contra de
la alegría de vivir. A veces es muy fértil y liberador tomar
posición en contra de algo que sabes que es básicamente
bueno, hacer de abogado del diablo. Tumbona es una editorial que ha sido una gran defensora del ensayo. No
quiero llevarles la contra en esto, pero no me siento tan
amenazado por el ensayo académico o la polémica política.
De hecho no tenemos suficiente polémica política en
Estados Unidos.

NY: Ha escrito que uno de los procesos creativos que
emplea es pensar en contra de usted mismo.
¿Cómo lo aplica en la práctica?

PL: Mientras trabajo explicando ciertas ideas me detengo y me
cuestiono. Hemingway habló al respecto de tener un detector
de idioteces [bullshit]. Muy a menudo tomo la posición
contraria de la que estoy defendiendo para ver qué puedo
decir. Es la manera en que funciona mi mente, siempre
estoy buscando cómo contradecirme. No sé por qué lo hago
o qué placer me produce. Estoy en guardia ante la autosatisfacción,
ante la complacencia. Asumo que en cualquier
relación cometo muchos errores, no soy el marido perfecto,
no soy el padre perfecto. Mi idea de la humanidad es
que todos somos profundamente falibles y nuestro pensamiento
también lo es, por tanto debemos pensar en nuestra
contra y cuestionarnos.

NY: Alguna vez ha dicho que el ensayista es también
un poco un estafador. Alguien que no tiene que
saberlo todo sobre un tema, sino saber lo suficiente
para escribir sobre él. ¿Qué hace cuando sus
credenciales son cuestionadas por
especialistas y expertos?

PL: Es una seducción. Precisamente ese fue uno de los problemas
que tuve cuando escribí Waterfront, porque tenía
que introducir una serie de opiniones en varias especialidades:
ingeniería, urbanismo, biología marina, política.
Comencé a investigar y en cada capítulo que escribía introducía
largas citas de expertos, pero mi editor me dijo que
debía poner eso en mis palabras, resultaba muy aburrido
leer citas de un informe de ingeniería. Le dije: “Pero él lo
sabe todo y yo no sé nada.” Tuve que encontrar entonces
una manera de darle energía a esa relación: me presentaba
como un amateur que se metía en asuntos serios, pero a
la vez ofrecía información. Usé algunas maniobras ingeniosas
y trucos para parodiar la voz del experto y también
utilicé a Phillip Lopate como una especie de detective que
buscaba resolver dudas. Es la posición de “no soy un experto
pero quizás tenga preguntas interesantes”.

Escribí, por ejemplo, un ensayo sobre Abraham y Sara,
Freud y Karen Horney, y mi primera esposa y yo. Nunca
dije ser un experto en ninguna de estas cosas, pero trabajé
con los materiales. Tenemos que ser capaces de investigar
un poco y valernos de otros campos de estudio. Si escribes
sobre tu infancia, puedes traer elementos de antropología,
sociología o psicoanálisis para iluminar un poco tu historia
personal y esto responde a la pregunta: ¿por qué a alguien
le importaría mi vida, a quién puedo importarle yo? Estás
usando ese “yo” como símbolo de lo que le ocurre a una
generación o una sociedad. Te das la licencia para hacerlo
y aceptas las consecuencias si los expertos te critican.
Me gusta la palabra amateur: alguien que ama algo y que
no pretende ser un experto. El ensayista está en la posición
privilegiada de ocupar el papel del amateur. Tomemos a
Geoff Dyer, quien escribió un libro sobre la imposibilidad
de escribir de D. H. Lawrence –Out of Sheer Rage–, pero
también escribió un libro sobre jazz y otro sobre fotografía
y uno más sobre Tarkovski y otro sobre un portaaviones.
Dyer en cada libro toma la posición del amateur, no del
experto. Hay escritores que toman la posición del generalista,
pero ahora vivimos en un tiempo de especialistas en
el que casi no puedes serlo, debes ser un amateur.

NY: Usted recomienda a sus alumnos adoptar una
subespecialidad, aprender sobre cosas específicas.

PL: Tienes que saber algo, no puedes hablar únicamente de tus
sentidos porque muy pronto descubres que solo hay cinco.

NY: Ha escrito acerca de las similitudes entre el ensayo
y el sermón, ¿extiende esa analogía al libro de
autoayuda?

PL: Me siento más capaz de hablar sobre el sermón que sobre
el libro de autoayuda. El sermón es normalmente una pregunta
sobre la fe. El sacerdote, el predicador o el rabino
hablan sobre un texto de la Biblia y tratan de comprenderlo.
Los mejores sermones presentan un problema, un
nudo que tratan de desenredar. En ese sentido el ensayo
es como un sermón. El ensayo surge de varias formas,
una de ellas era el sermón, otra la epístola y también el
libro de citas. Todos nutrieron al ensayo. Escritores como
Laurence Sterne se ganaban la vida como sacerdotes y se
dedicaban a hacer sermones. El sermón es un tipo especial
de ensayo. Respecto a la autoayuda, recuerdo que cuando
se publicó mi primera colección de ensayos, Bachelorhood,
lo pusieron en el estante de autoayuda. “No tengo ninguna
ayuda que ofrecer a nadie y menos a los hombres”,
pensé. El libro de autoayuda promete respuestas fáciles,
lo que hace una colección de ensayos personales es que te
hagas buen amigo de tu neurosis. Te darás cuenta de que
otras personas tienen las mismas complejidades, las mismas
ambivalencias y las mismas dudas. Una colección de
ensayos puede ayudar a estar en paz con tu incertidumbre,
puedes vivir sabiendo que esos interrogantes siempre
existirán.

NY: Siempre he pensado que el ensayo y la poesía son
muy similares. Usted comenzó su carrera académica
dando clase de poesía. ¿Aún escribe poemas?

PL: No escribo poesía desde hace tiempo. En 2010 publiqué
At the End of the Day, una antología de poemas que escribí
entre 1965 y 1985 más o menos. Durante casi veinte años
fui poeta, entre otras cosas. Cuando descubrí el ensayo, a
finales de los años setenta, descubrí en ese género todo lo
que quería hacer.

La poesía y el ensayo son muy similares. La poesía me
enseñó a emplear la asociación libre, a ser capaz de moverme
de un tema a otro, de una idea a otra, a saltar, como dice
Robert Bly. Cada final de verso te alienta a ir a un lugar
distinto en el siguiente. Además el poema tiene mucho de
atmosférico, no es necesariamente conducido por el tema.
Por otro lado tenemos ensayos líricos que son casi poesía
pura. Definitivamente tienen mucho en común, así como
también hay mucho en común entre la ficción y el ensayo,
y eso no quiere decir que el ensayo deba renunciar a
su identidad y decirse “me voy a volver poema o me voy a
volver cuento”.

NY: A menudo habla de tres elementos que le sirven
para apropiarse de la realidad y volverla literatura:
soledad, meditación y observación.

PL: Añadiría la distancia, que es algo fundamentalmente
bueno, aunque la gente tiende a tenerle miedo, como le
teme a la soledad. Tienes que ser capaz de estar solo contigo
mismo, no puedes estar buscando distracciones o diversión
todo el tiempo. Si pudiera dejarle algo a mi hija sería
el regalo de la soledad.

NY: ¿Cree que nuestro acceso instantáneo a la
información y la proliferación de los blogs y redes
sociales han influido en la manera en que se escribe
ensayo hoy?

PL: No lo creo, he leído muchas colecciones de ensayos
que acaban de aparecer, de autores como Meghan
Daum, Charles D Ambrosio, Leslie Jamison y Emily
Fox Gordon. Por extraño que parezca estamos en un
momento en el que se publican numerosos libros de
ensayos en Estados Unidos, y veo que hay una exploración
de temas en profundidad. Estos y otros escritores
no están haciendo ensayos cortos sino textos de veinte
a treinta páginas. Muchos ensayistas están aprovechando
la oportunidad para cavar profundo. Por lo tanto no
creo que el problema de la poca capacidad de atención
haya atacado al ensayo.

Este es un buen momento para el ensayo. En la ficción
hay muchos novelistas que hacen lo que Milan Kundera
define como novelas ensayísticas, cuya tradición incluye
a Robert Musil, Marcel Proust y Hermann Broch.

Más recientemente está W. G. Sebald, Roberto Bolaño,
Javier Marías, Thomas Bernhard, David Foster Wallace y
Nicholson Baker, escritores que se alejan de las tradicionales
escenas y diálogos para entregarse a largas meditaciones.
La promesa del ensayo está filtrándose en la ficción.
Muchos escritores de ficción se sienten atraídos hacia el
ensayo, no quieren escribir un libro entero sobre un tema
y prefieren escribir sobre este en veinte o treinta páginas
del total de sus novelas. Por mi parte prefiero leer un ensayo
rico y conciso de una veintena de páginas que leerlo
inflado en trescientas.

NY: ¿Qué piensa de la tradición de los ensayistas
científicos?

PL: Nos hacen falta ensayos científicos. Lewis Thomas,
Stephen Jay Gould, Loren Eiseley y en cierta medida
Edward Hoagland han escrito sobre ciencia. Justo ahora
que entramos en un momento de profunda crisis ambiental
y nuestra relación con la naturaleza está tan deteriorada,
estos asuntos tienen que ser materia del ensayista. Además
están los ensayos de médicos, como Oliver Sacks, Francisco
González Crussí y Richard Selzer, excelentes escritores que
están enriqueciendo el género. El hecho de que algunos
ensayistas comiencen sabiendo algo no quiere decir que
no lleguen a un lugar de misterio y confusión, hay aún
muchas cosas que desconocemos.

NY: Usted es un gran cinéfilo. Con frecuencia se dice
que es un arte en decadencia.

PL: Se siguen haciendo buenas películas. Cada año hago una
lista de las mejores películas y siempre tengo unas veinte.
El pronunciamiento de la muerte del cine es prematuro.
Se hacen todo el tiempo muchos filmes interesantes.
Quizás no vivimos un periodo de grandes autores pero
hay muchos maestros, un poco menores, pero muy buenos.
Estoy intrigado por el director coreano Hong Sangsoo,
a quien encuentro muy divertido. Me interesa también
el iraní Abbas Kiarostami, me gustó Sils Maria, la nueva
película de Olivier Assayas. Hay más ensayos fílmicos que
nunca, buenos documentales. Hay buen cine.

NY: Acerca del ensayo fílmico, perdimos recientemente
a uno de los más grandes directores de ese género,
Chris Marker, pero Godard sigue haciendo películas
que parecen ensayos.

PL: Sí, perdimos a Marker. Godard se considera a sí mismo un
ensayista. Es difícil saber si Adiós al lenguaje es un ensayo o
un poema lírico. También está el filme de Rithy Panh, La
imagen perdida
, una película muy bella que funciona como
un ensayo personal en cine, que en lugar de usar actores
emplea figuras de barro. Werner Herzog también
sigue haciendo buenos ensayos en el cine. Tenemos, por
otro lado, a directores técnicos como David Fincher, que
hizo Perdida, una cinta correcta, bien hecha, que seguí con
mucho interés pero que a los dos días no me creía para
nada. Me gustó Birdman, de González Iñárritu.

NY: Alguna vez escribió que lo que realmente tratamos
de obtener es sabiduría. ¿Como definiría la
sabiduría?

PL: No se trata tanto de definirla como de desearla. Es como
el creyente que quiere a Dios. A veces me siento un poco
ansioso cuando leo a escritores jóvenes que parecen tener
un apego narcisista por su confusión. Escriben desde las
profundidades de su confusión de una manera un poco
arrogante, como afirmando que todos estamos confundidos,
pero no creo que hagan suficientes esfuerzos para
adquirir una mejor perspectiva o tener una mayor comprensión
de las cosas; es una forma de autocompasión decir
que nos bombardean con información, que estamos confundidos
y no sabemos lo que estamos haciendo. Pero hay
una pequeña voz dentro de nosotros que nos dirige hacia la
sabiduría. La compasión es una forma de sabiduría, entender
nuestras propias deficiencias es otro tipo de sabiduría,
entender cómo estamos conectados con los demás es una
más y también lo es no ser indulgente con tu egoísmo. Estas
son ideas simples pero presentan algo que deseamos: ser
sabios. Ahora, no todo mundo quiere ser sabio; yo quiero
ser sabio pero no me queda mucho tiempo para llegar
ahí, estoy progresando a un ritmo demasiado lento, pero
por lo menos lo sé. La sabiduría es saber lo que no sabes.

Published 20 May 2015
Original in Spanish
First published by Letras Libres

Contributed by Letras Libres © Phillip Lopate / Letras Libres / Eurozine

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