Ezequiel Zaidenwerg

Raúl Zurita vino a Nueva York en abril de este año para ofrecer una charla y una lectura en la maestría que por entonces estaba yo terminando en New York University. Conocía y admiraba su trabajo, pero nunca lo había escuchado en persona. Y, si bien me habían advertido que oírlo hablar y leer en público era una experiencia única, no estaba preparado para lo que finalmente ocurriría. Un martes por la noche, Zurita, al parecer muy frágil, se presentó ante nosotros, un grupo de jóvenes escritores latinoamericanos.

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