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Una década sin causa


Dos cosas llamaron la atención en aquella conferencia internacional que se organizó en el Madrid de 1991 sobre la caída del Muro: su nula repercusión y la reticente relación de los invitados del Este con sus respectivos países. El momento no pudo ser más mediático ni los participantes más ilustres. Sin embargo, apenas hubo cobertura de prensa más allá de escuetas noticias y nadie pretendía entrevistar a los extranjeros presentes, entre los que figuraban intelectuales conocidos en España, como Ágnes Heller, por ejemplo. Menos interés despertaba aún entre el público madrileño la posibilidad de recibir, de primera y experta mano, información y explicación sobre el acontecimiento de mayor trascendencia ocurrido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial y, su inmediata consecuencia, la antagónica división del continente. En la amplia sala del Círculo de Bellas Artes día tras día vagaba el mismo puñado de gente: los ponentes y algunos de sus compatriotas radicados en Madrid. Por lo visto, tanto los estudiantes de filosofía, periodismo, sociología o de esa nueva y prometedora disciplina llamada ciencias políticas, como sus profesores (o cualquiera de la generación que con sus actos y sus votos contribuyó a la transición) tenían algo mejor que hacer aquellos días.
En esta anécdota tan nimia se podía captar ya un fenómeno de mayor envergadura: la izquierda no deseaba enterarse de lo que realmente significaba la desapareción del Muro y, coherente con su propósito, hasta hoy no ha logrado ni comprenderlo ni relacionarlo con sus propias inquietudes. Va de desconcierto a desconcierto y de contradicción a contradicción: en su ideario cabe la exigencia de una intervención internacional en el conflicto de Bosnia (como allí no hay petróleo, observan acertadamente, no les interesa a los americanos) y el rechazo de la misma intervención en la limpieza étnica de Kosovo; celebra el juicio contra el dictador de derechas Pinochet, y se indigna ante la mera posibilidad de someter al mismo proceso a un dictador del lado opuesto; desconfía de los nacionalismos y de la demagogia populista, pero muestra cierta comprensión, y a veces incluso simpatía, hacia un militar venezolano que, una vez fracasado en su intentona golpista, probó con éxito la vía democrática para realizar su misión redentora. El voto de esta izquierda dialéctica se divide entre un partido de centroderecha y de discurso vagamente socialdemócrata y alguna delirante opción marxizante. La primera variante, sin saberlo o reconocerlo naturalmente, se resigna a la tesis de Fukuyama sobre el supuesto fin de la Historia y la victoria de una especie de limbo social algo deficiente pero inamovible. La otra, instalada sin inmutarse en la idea marxiana de que la verdadera historia de la Humanidad está todavía por comenzar, jamás ha planteado otro modelo de sociedad que aquel que fracasó estripitosamente con el derrumbre del imperio soviético.
En cuanto a la ambigua relación de los intelectuales del Este con su patria, el caso fue el siguiente: dos años después del derrumbe del Imperio soviético, todos los intelectuales presentes en el congreso seguían viviendo en Occidente. Este insólito hecho en la larga historia de los exilios políticos me llevó a la conclusión de que la razón de esa reticencia tan poco patriótica es la misma que desanima a la intelligentsia occidental respecto del proceso poscomunista: la falta de una Causa.
Derribar el muro de Berlín puede ser una causa para los unos, tal como lo fue construirlo para los otros. Pero aquel Muro ya estaba derribado, y, por añadidura, no por mérito de los exiliados y ni siquiera por el de los que habían estado detrás de él. Si cayó, cayó por cosas de la gran política y por una enigmática dejadez de la dirección soviética. La melancolía de las revoluciones del 89 tenía algo que ver con este hecho: que no fueron revoluciones, no logros auténticamente propios, si bien todo el mundo asistía contento al entierro. Pero lo que vino después, decididamente carecía de causa en el sentido al que nos tenían acostumbrados las grandes causas de la Modernidad. Nadie está dispuesto morir por implantar la economía de mercado; la creación de una clase media no reúne masas a quien arengar, la reconversión industrial no es un ideal al que consagrarse y, con excepción de las portavoces de los gobiernos, nadie hace agitación y propanda por la aplicación de un tratamiento de choque económico. En fin, los grandes desafíos del poscomunismo no tranquilizan la mala conciencia, no hacen sentirse más noble y no otorgan título de resistente. Las consecuencias más visibles de esta transición, en cambio, son feas y fáciles de desenmascarar. He aquí donde la vieja guardia izquierdista de Occidente encuentra una plataforma común con la nueva demagogia populista y nacionalista del Este: atacar ese capitalismo salvaje, ese mercantilismo voraz y sin ideales.
De los horrores de esos diez años se ha hablado mucho; de los logros, casi nada. Por ejemplo, de que, a pesar de los pesares, en ningún país de las antiguas dictaduras del proletariado hay una dictadura manifiesta, pero sí, en cambio, en varias se ha consolidado la democracia; que en todos estos países, incluso en Rusia, está naciendo una clase media; que el racismo y los nacionalismos excluyentes, aunque presentes en todas partes, sólo en los Balcanes campan a sus anchas. Lo que es repulsivo en la transición al capitalismo es lo que se podía esperar de semejante situación y herencia. Lo que no era tan previsible son estos logros poco llamativos que se han conseguido gracias a la tenacidad y valentía de los demócratas del Este que, en condiciones muy adversas y sin la compensación de las Ideas Redentoras, llevan diez años trabajando por una sociedad más llevadera y justa.
Uno de los nuevos demonios de la progresía occidental es el pensamiento único. Se le ataca con tal unanimidad que su heroica denuncia constituye actualmente el único pensamiento. Al menos, el único mediático. La verdad es que desviarse de esta línea no queda muy bien y autómaticamente te coloca al lado de los poderosos. Conviene, entonces, resistir en la trinchera posmoderna de las columnas mejor pagadas contra el sistema. La opinión pública tardará todavía en darse cuenta de que los auténticos desafíos de nuestra época se encuentran precisamente en esa prosaica, monótona y casi imposible labor de construir sociedades con los escombros.


 



Published 2000-10-25


Original in English
Contributed by Mihály Dés
© Mihály Dés
 

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